Cuando me disponía a estar de catedrático interino en Madrid, con una promesa, más o menos firme, de que me iban a dar la cátedra enseguida, me llaman por teléfono del Ministerio de Estado, como se decía entonces, para proponerme ir a Filipinas. Me llamaron a las nueve de la mañana y en el transcurso del día tenía que dar la respuesta, porque si no tenían que pensar en otro señor. Les dije que no tenía nada especialmente preparado, y, sobre todo, que no sabía inglés para hablar en Filipinas, que estaba entonces bajo dominio norteamericano aunque ya en estudiando la constitución de la independencia. «Usted lo que tiene que hacer es nada más que defender el español, demostrar que allí la gente entiende el español, hablarles en español y hacer todo lo posible por la cultura española». Yo me animé a ir. Luego supe que me habían llamado porque Dámaso, a quien habían llamado antes, e indudablemente lo hubiera hecho mucho mejor que yo, no se atrevía a ir porque le parecía que le iba a sentar mal el clima.

Me fui a Filipinas con Julio Palacios, que era ya académico de la Academia de Ciencias Exactas y estaba muy puesto en las nuevas teorías del átomo. Él tenía un público más restringido por ser más elevado el tipo de sus disertaciones. Yo procuré hablar para un público de estudiantes y general, hablándoles con la mayor claridad posible. La primera conferencia mía fue sobre arte español, sobre Velázquez, con diapositivas. Después di conferencias presentando la música de Albéniz, de Granados, de Falla y luego di también conferencias de literatura contemporánea y alguna lectura poética mía. Lo pasamos muy bien, nos enseñaron no solamente Manila, sino todas las principales islas. Vivía entonces Elizalde padre, que tenía una compañía de barcos que viajaban entre las islas y él mismo nos acompañó con el cónsul a visitar todas las colonias españolas en las principales ciudades y curiosidades de las islas Filipinas. Fue un viaje extraordinario. El Casino Español, como todos los españoles de allí, también se portó muy generosamente con nosotros. A mí me regaló un magnífico reloj Longines de platino, y por contagio y confusión con Palacios, me lo grabaron a mí nombre: «Al académico don Gerardo Diego». Esta fue la primera profecía de que yo iba a ser académico, hecha con la mayor inocencia, que yo no me atrevía a enseñárselo a nadie.

Fue un viaje muy interesante, porque aprovechamos para no volver exactamente por el mismo sitio. Tomamos un billete combinado de una compañía holandesa, todo esto por consejo de Neruda, además yo llevaba un traje blanco suyo que me estaba muy grande, por cierto, porque Neruda era más alto que yo, aunque entonces no era gordo, pero que me sirvió de momento mientras me hacía el sastre unos trajes de hilo blanco que hay que llevar en aquellos climas. Y por consejo de Neruda, que había estado en Java y Bali, hicimos la vuelta por Célebes, Bali, donde pasamos cinco días maravillosos, Java, donde Palacios tenía un amigo holandés en cuya casa estuvimos tres días, Sumatra y luego ya continuamos por Singapur hasta Egipto. Vimos rápidamente El Cairo y continuamos hasta Francia, donde desembarqué. Fue un viaje para mí inolvidable. Esto fue en el año 1935. De enero a marzo de 1935. El viaje empezó en diciembre, que tuvimos la suerte de ir en un barco alemán mixto de carga y pasaje que tardaba mucho porque hacía muchas escalas y esto nos permitió ver muchas cosas, muchos nombres que nadie sabía entonces en Geografía, y que después se habrían de hacer tristemente famosos en la guerra universal de las islas de Indonesia, de Malaca.