A mí me gustaría poder recordar cosas de mi niñez, como hay personas que dicen, sobre todo cuando llegan a viejas, que recuerdan muy bien los primeros años, pero yo el primer recuerdo que tengo es un recuerdo familiar de tomar un tazón de desayuno, o cosa parecida, con mi abuela al lado. Ese es el primer recuerdo un poco vago que yo tengo, en una silla de esas de niño, muy alta. Tendría yo entonces cuatro años o cosa así.

Después, los recuerdos del colegio. El colegio de don Quintín era una institución en Santander, y una gran parte de los chicos de mi barrio, que era el barrio de Atarazanas, Becedo, toda esta parte céntrica y un poco hacia el oeste de la ciudad, íbamos a este colegio. Por otra parte, don Quintín era muy amigo de mi padre, las familias eran muy amigas. Las clases de don Quintín eran clases bastante severas como era entonces frecuente. Todavía se usaban las disciplinas, un manojo de... yo no sé de qué eran, yo creo que eran correas o cosa parecida, con las que nos golpeaba las manos. Había que extender las dos manos, las palmas, y nos daba. Pero, en fin, yo le guardé siempre muchísimo respeto y mucho cariño porque conmigo fue siempre muy considerado y además me enseñó solfeo muy bien, me enseñó la Gramática, la Ortografía, los fundamentos matemáticos y la Geografía, que era mi pasión, los mapas, muy bien. De modo que yo recibí esa educación fundamental, de niño, desde los cinco años o seis que yo empecé a ir al colegio. Estos son los primeros recuerdos que tengo.

Cuando se murió Pereda y después, cuando se le hizo el monumento, la estatua, yo, al ver aquella figura, juraría que la había visto de niño, paseando. Pereda estaba ya envejecido, había tenido un ataque hemipléjico, pero él salía a tomar el sol por el muelle, como se decía entonces, por el paseo, y es posible que yo le haya visto, pero no lo puedo garantizar.

En cambio, sí me acuerdo perfectamente, a mis ocho años, de la muerte de dos de mis hermanos. De mi hermana Emilia, la sordomuda, y de mi hermano Manolo, el mayor de los de mi madre, que murió de una tubercu­losis, de una tisis galopante, que se diagnosticó justamente cuando murió mi hermana y a los dos meses murió también mi hermano. De esto me acuerdo, e incluso en mi libro Mi Santander, mi cuna y mi palabra, que es un poco mi libro de memorias, hay poesías dedicadas a todos mis hermanos, hay recuerdos de esto.

Entonces, Santander era una ciudad muy abierta al aire, relativamente chica, aunque muy estirada, muy larga, porque eso no tiene remedio, es la lengua de tierra que se mete en el mar, y la Magdalena era una península completamente salvaje, a la que íbamos de excursión a ver entrar y salir los barcos. El catalejo era una de mis grandes aficiones para ver los nombres de los barcos desde lejos y para ver las regatas, todas estas cosas de afición al mar. El aire, el olor a yodo y a sal y a marisco entraba por todas las casas de Santander, como todavía en parte sigue entrando, pero ahora con más dificultad. La ciudad ha aumentado y los grandes bloques dificultan ya el aire puro.

Yo no agradeceré nunca bastante a mis padres, a pesar de ser ellos muy cristianos, muy piadosos y tener en nuestra casa siempre unas costumbres verdaderamente ejemplares en cuestión de cumplir los mandamientos de la Santa Madre Iglesia, y no digamos el decálogo, y por otra parte, muy caritativos también, en casa siempre había muchísimas personas más de la familia comiendo, porque venían y no tenían otro sitio mejor donde ir, unos, porque parientes, y otros que había que ayudarlos como fuera. Yo nunca les agradeceré bastante el que me dejasen, además, en libertad, creo que eso ha sido para mí una gran suerte. El haber tenido una educación de niño alternando, por un lado, un colegio bastante riguroso y luego ya el Instituto con catedráticos de gran altura, pero, al mismo tiempo, dejándome en absoluta libertad para que yo aprovechase las muchas horas libres, que había entonces para el chiquillo que estudiaba, e hiciera lo que me diera la gana. Mis padres tenían absoluta confianza en mí y yo me amistaba con los raqueros, como decimos en Santander, que jugaban allí, por la parte de atrás de nuestra casa había un ensanche de la calle, una especie de frontón improvisado, y allí jugábamos y hacíamos cien mil diabluras. Claro, con esto yo aprendía también muchas picardías, sobre todo picardías de palabra más que de costumbres, pero esa libertad creo que es muy sana cuando hay una vigilancia un poco desde lejos. Mucho mejor que el internado, que la educación en la que el chico tiene que estar ocho o diez horas diarias dando clase, o estudiando en salas de estudio.

Aficiones literarias no tenía entonces ninguna. Yo he tenido, sucesivamente, muchas aficiones de niño, he sido, como he dicho antes, muy aficionado a la Geografía, no sólo a la Geografía Física del globo, sino también a la Cosmografía. Tuve la suerte de tener un catedrático de Geografía, don Antonio Torres Tirado, que era ya muy anciano, murió el verano de las primeras vacaciones, cuando yo había terminado el primer año, autor de un gran mapa celeste, que lo he visto yo después en muchos techos de aulas y de gabinetes de institutos, muy bien hecho y además que él sabía adaptar a las inteligencias y a la curiosidad de los niños, explicándoles las fábulas mitológicas a propósito de las constelaciones. Con todo esto, yo me pasaba largos ratos, bien en la calle o bien en el balcón de casa, mirando, cuando las nubes de Santander lo permitían, mirando las estrellas y reconociéndolas, luego en los mapas.

Ya he dicho también que tenía una gran afición al mar, no po­día navegar todavía como no fuese en botes para ir por la bahía, pero sí a ver desde la costa las regatas, que eran mi gran pasión. Y también, claro está, la entrada y salida de los grandes barcos.

En cambio, una afición literaria no la tuve hasta los trece años, cuando entré en la clase de don Narciso Alonso Cortés, otro de mis grandes maestros. En casa había un libro, que había sido de mis hermanos mayores los jesuitas que, después, leyendo la biografía de Juan Ramón, he visto que era el mismo que había estudiado él, de don Nicolás Latorre, catedrático de Instituto. Este libro debía ser bastante bueno, a juzgar por las páginas que se reproducen en las biografías de Juan Ramón, y además tenía el acierto de presentar la Retórica, entonces se decía, las figuras retóricas, con ejemplos explicados por el autor. Presentaba, por ejemplo, la oda «A la Ascensión» de Fray Luis de León, explicando verso por verso, en dónde estaba la belleza de cada expresión, cuáles eran los aciertos y cuáles eran las figuras que allí se realizaban.

Para mí la lectura de aquello fue una verdadera revelación, porque hasta entonces, para mí los versos no eran más que los versos de las fábulas, cosas un poco infantiles y que no me decían gran cosa. Entonces yo me di cuenta que había allí algo mágico, algo verdaderamente interesante y que me atrajo profundamente. Por eso fui con mucha ilusión a la clase de don Narciso, que era un excelente profesor, sobre todo, excelente para alumnos buenos. Porque a mí me sorprendía mucho, que los compañeros míos, la mayor parte de ellos, se aburrieran en la clase o no tuviesen por él la simpatía que a mí me parece que merecía. Yo aprendí muchísimo, leí muchísimo en esos años, en los estudios de cuarto y de quinto, pero, desde luego, no escribí. No era entonces costumbre en las clases, ni siquiera en la de Alonso Cortés, hacer trabajos de composición frecuentes. De cuando en cuando, una vez al año o dos veces al año, mandaba hacer algo, pero lo hacíamos en casa y así cabían todas las trampas posibles. Sin embargo, yo intenté entonces escribir una poesía, un soneto a Don Quijote, soneto que no logré rematar, me atasqué con la rima difícil en «algo»; «Soy Don Quijote, el ingenioso hidalgo», y no pude resolverla. Y en vista de esto me convencí de que yo había nacido, sí para leer, pero no para escribir.

Después, como uno de mis hermanos era ingeniero industrial y a mí me gustaba mucho la Geometría, yo pensé, por esa cosa siempre un poco mimética que tiene el chico de la carrera de su padre o de sus hermanos mayores, hacerme yo también ingeniero, pero me asustó mucho mi torpeza para el dibujo. En dibujo no me suspendieron de milagro, porque yo co­mo alumno muy nervioso siempre a última hora estropeaba la plana, echaba un borrón, o torcía una línea, o no interpretaba bien el modelo. Y en vista de eso, ya al terminar el bachillerato, me decidí a estudiar la carrera de Letras.