Los primeros versos después de aquel fracaso infantil, los había escrito en el año 1915 para dárselos a mi novia en Bilbao, como una especie de madrigal o declaración amorosa, unos versos malísimos, se empezaba por una estrofa que no se terminaba nunca, porque aquello era una verborrea irrestañable y no tenía absolutamente ninguna personalidad. Los conservo como curiosidad, porque no tienen el menor interés. Del año 1916 al 1917 empecé a escribir cosas con un poco más de propósito artístico, por decirlo así, no simplemente de desahogo sentimental; pero sin pensar en ningún momento en publicarlos. El año 1918 es el que yo estimo como el de arranque de mi dedicación a la poesía. En ese año fue cuando yo me di cuenta de que, efectivamente, no era tan difícil como yo me creía y que ciertas fórmulas que a mí me parecían tan virtuosas, la poesía de Rubén Darío, de Valle-Inclán o de Villaespesa, a mí también me salían y con un poco de paciencia encontraba solución a todos los problemas. Y entonces ya me decidí, contagiado por el estímulo de Larrea, a escribir todos los días hasta el punto de que descuidaba lo más importante, que era preparar las oposiciones a cátedras. Vine el año 1918 a pasar una temporada, volví en el año 1919 a hacer oposiciones que no gané, y volví el año 1920 a hacer unas segundas oposiciones que sí gané. En esos años produje abundantemente. Escribí El romancero de la novia que es como un relato poético del fracaso de mis amores. También escribí otras poesías, parte de ellas, las que me parecieron más presentables, las imprimí juntamente con El romancero de la novia bajo el titulo de Iniciales. Escribí los Nocturnos de Chopin: paráfrasis románticas, con lo cual empecé otra veta de mi poesía, la inspirada en la música, y, además, este año 1918 es el año que empiezo a interesarme por las formas más modernas y más atrevidas de lo que pronto se iba a llamar la vanguardia.

Ese año 1918, al final, se publica el manifiesto ultraísta y al poco tiempo vengo yo a Madrid, y entonces conozco a Eugenio Montes, al que cito el primero porque él fue quien me llevó a la tertulia de Cansinos. Conozco a Díez-Canedo, para el que llevaba una tarjeta de presentación de Artigas, director de la Biblioteca Menéndez Pelayo, y conozco a Ramón Gómez de la Serna, a quien fui a ver en los sábados de Pombo. De modo que conocí a la vez todo ese ambiente juvenil. Montes me prestó los libros de Huidobro, las revistas. Me entusiasmé con el creacionismo, sobre todo con los libros Poemas árticos y Ecuatorial, los copié, para devolvérselos a Montes, la copia se la mandé a Juan Larrea que estaba entonces en Bilbao. Larrea se entusiasmó también conmigo. Después del fracaso de las oposiciones me fui dando un rodeo por Bilbao a charlar con él despacio y hablar de todas estas cosas. Él me enseñó los poemas que estaba haciendo, nos juramentamos que no pasara ningún día sin hacer cada uno algún poema, siempre con una intención más o menos creacionista y claro ya terminé por escribir una carta de saludo a Huidobro, con la que le mandaba algunos versos. Así se inició mi amistad con Huidobro, quien me respondió muy amablemente y poco tiempo después, en el año 1922, me invitó a ir a París para que pasará una temporada con él. Estuve en el mes de septiembre unas semanas en su casa de París y en Normandía, donde él tenía a la familia veraneando.

A todo esto, yo era un catedrático y empezaban a funcionar a la vez los dos Gerardos Diegos: el Gerardo Diego revolucionario y el Gerardo Diego clásico. El Gerardo Diego clásico, con toda la tradición que yo tenía de la escuela montañesa que ha sido siempre muy clásica, y de mi formación humanística en la Universidad y mi lectura constante de los clásicos, y mis estudios para las oposiciones a cátedras, y mi gusto, además, por los sentimientos tradicionales, religiosos y familiares. Pero, por otro lado, veía la necesidad de una aventura, de buscar una poesía completamente distinta, en relación con el cubismo y con las formas más avanzadas del arte plástico y de la música, que yo comprendía perfectamente. Los demás camaradas no comprendían esto, desde siempre ha extrañado muchísimo, y más que nunca entonces, en aquellos años. Ni Larrea, ni Montes, ni Vicente Huidobro comprendían cómo yo, el mismo día que escribía, a lo mejor, un poema de intención creacionista o simplemente un disparate ultraísta sin saber exactamente lo que quería hacer, escribiera un soneto, o escribiera un romance sentimental o escribiera una poesía a la Virgen María, eso no lo entendían. Pero a mí me ha parecido eso tan normal que lo he seguido haciendo toda la vida.

Por ejemplo, el año pasado, el año 1966, al mismo tiempo que un librito de Odas morales escrito en forma perfectamente clásica, he escrito una quincena de poemas creacionistas, quizá más revolucionarios que nunca, como nueva parte del libro Biografía incompleta, que está para salir en Cultura Hispánica, con el objeto de darle la mayor actualidad he querido escribir unos poemas nuevos. Para mí no es de ninguna manera insincero, sino absolutamente sincero, tanto como puede ser escribir la poesía clásica, por llamarla de alguna manera, aunque quizás no es esa la palabra más exacta.